jueves, 20 de septiembre de 2018

Rafael Pérez González: “El mundo de la empresa es un compendio de todos los otros mundos”

Inspiradores: Rafael Pérez González, presidente del Grupo Helios

La semblanza biográfica de este número corresponde a Rafael Pérez, presidente del Grupo Helios, gran empresario, vendedor y amante del teatro y la pintura. Pero es también la de una familia que ha llegado a conformar, al ritmo al que se suceden las generaciones, uno de los grupos conserveros y alimentarios más importantes de España.

Mariano García-Abril   I   Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.   I   9/11/2012

Rafael Pérez en su galería de la calle Miguel Íscar de Valladolid, junto a un retrato suyo, obra del pintor Álvaro Delgado.

En la noche del 22 de octubre de 1887 el Teatro Zorrilla y varios establecimientos más se iluminaron por primera vez con luz eléctrica en Valladolid. Con ese ‘sol artificial’ de la electricidad, el hombre triunfó sobre la oscuridad y accedió por vez primera a una fuente inconmensurable y transportable de energía. En unos decenios, nada sería igual: había comenzado la II Revolución Industrial, el más drástico y fecundo de los procesos transformadores, junto al de la invención de la imprenta, en la Historia de la humanidad.

Fue nada menos que en aquel tiempo tan remoto cuando Gaspar Pérez, el bisabuelo de Rafael, abrió un pequeño obrador en Valladolid que llegaría a ser proveedor de la Casa Real. El nombre de la primera confitería fue El Sol. Aquella familia de confiteros fue ganando reputación por la calidad de unos productos que día a día eran más variados y elaborados. Tras la primera confitería se abrieron dos más, El Val y Helios. Ésta última daría nombre a la marca que la familia registró en 1936, años después de haber ampliado el surtido de variedades a mermeladas y conservas de frutas. Los elementos distintivos por los que el gran público los ha reconocido siempre -calidad y valor de marca- ya estaban presentes hace más de 75 años.

Rafael nació en 1932 y respiró siempre el ambiente de trabajo y entrega a la empresa familiar. En una reunión de amigos hace unos años alguien le preguntó: “¿Para ti, qué es más importante, tu familia o tu empresa?”. Tratando de encontrar las palabras adecuadas acabó diciendo que “las dos son casi la misma cosa”. Lo narra en su libro de reflexiones y apuntes Laberinto de experiencias, escrito hace unos años para los alumnos de la Escuela de Empresariales de la Universidad de Valladolid, de la que ha sido conferenciante. A la Empresa -con E mayúscula- ha dedicado toda su vida: “Ser empresario obliga a mucho” y “si no estás en lo más alto, no tienes la mejor vista”, asevera.

Fue el mayor de cinco hermanos y aprendió el oficio desde niño. Ayudaba a hacer caramelos e invertía largas horas en el aprendizaje de todas las facetas del negocio. Le enseñaron a amasar y a hornear, pero por encima de todo observó y aprendió a vender, a valorar la fuerza de la marca -que debe infundir confianza, “hacerse simpática”- e igualmente aprendió a atender al cliente: “Cuando alguien te llame, no te pongas en guardia pensando que te va a pedir algo, piensa que te necesita”. Sus ascendientes habían sido maestros obradores e imprimieron una extraordinaria calidad a sus productos, pero no eran los únicos que sabían hacer eso. En cambio, les distinguía la intuición para adivinar tendencias y el talento para la publicidad y el marketing. Una muestra de ello es que la confitería El Sol ya anunciaba en un diario local a principios del siglo XX el regalo de una papeleta para el sorteo de la Lotería de Navidad por cada cinco pesetas de compra en turrones y otros dulces.

“La vida te situará en un punto entre dos caminos y tienes que elegir: o eres formal o informal, no hay término medio… Aprende a elegir. Se echa de menos una Escuela de la Vida”, reza otra de las reflexiones de su libro. Él optó por estudiar químicas, una decisión consecuente con otra tomada previamente, la de incorporarse a la Empresa al terminar los estudios, pero también derivada muy probablemente de los planes de su padre, en los que ya participaba. Su progenitor, el representante de la tercera generación, se preparaba para industrializar la Empresa.

En palabras del propio Rafael, “la vida pasa como el tren, velozmente; no la pierdas”. Quizá por eso, y ante la magnitud e inminencia del proyecto paterno, a los 21 años decidió abandonar la carrera y entrar de lleno en el negocio familiar.

Rafael Pérez entre Miguel Delibes y Antonio Mingote.

Transcurrieron más de 60 años entre la fundación del negocio y su industrialización. Desde nuestra vertiginosa escala temporal parece un tiempo casi eterno, pero aquella era otra época, y aunque ciertamente Rafael heredó la prudencia de sus mayores, supo entender al mismo tiempo la importancia de la tecnología y el desarrollo constante de nuevas gamas de producto. De hecho, la Empresa ha invertido siempre grandes sumas de capital en I+D y fue de las primeras en contar con laboratorio y departamento de diseño propios. Se ha debatido siempre en la búsqueda del equilibrio entre la medición prudente del riesgo, la consolidación de cada uno de los pasos empresariales y la necesidad de tomar decisiones audaces que la situaran por delante de la competencia.

Obra

La primera fábrica se inauguró en 1959, en la calle Esquila. Su padre vivió para verla en marcha, pero murió muy poco después. Rafael se encuentra entonces, junto al segundo de sus hermanos, ante la más importante encrucijada de su vida. Tiene 27 años, la congoja le aflige, pero dispone de vocación, posee ingenio y está resuelto a dedicarse con todas sus fuerzas. A buen seguro se aplicó en aquellos momentos lo que él mismo propone en otro de sus apuntes: “Poneos a pensar y empezarán a surgir ideas, colores, fantasías, sueños, recuerdos, deseos, muchos irrealizables, pero otros no… El empresario es un ser que todos esos sueños y todas esas ideas desea con vehemencia llevarlas a la práctica”.

Los otros tres hermanos se van incorporando a la Empresa. El crecimiento es fulgurante, las ventas aumentan vertiginosamente. A principios de los 60 una cooperativa suiza les solicita un pedido de fresas en almíbar... No dudan en aceptar el reto.

En unos pocos años se ven en la necesidad de ampliar la capacidad productiva mientras se separan las dos grandes líneas de negocio, las conservas y mermeladas por un lado y los caramelos por otro, escindiéndose el negocio familiar en dos sociedades: Dulces y Conservas Helios e Industrias Dulciora, ésta última dirigida por uno de sus hermanos. Llega 1970 y una nueva fábrica está lista. Desde entonces, en el edificio corporativo anexo ha tenido Helios su sede.

Son innumerables los hitos de la compañía. En 1982 se funda S.D. Parr, con Helios como accionista mayoritario con el fin de producir para el mercado inglés. Para consolidarse entre las conserveras más grandes del sector se da entrada a capital extranjero. Nace de este modo Iberfruta, en 1990, para la producción de preparados y pulpas. Se abren nuevas plantas de esta sociedad en Huelva, Francia y Marruecos y, a lo largo de la década de los 90, se introducen con éxito en el mercado iberoamericano, Francia y países árabes. El plan más ambicioso de internacionalización lo abordan con la adquisición de Mühlhaüser en 2006, la tercera marca del mercado alemán.

Le entrevistamos en su despacho, al que sigue acudiendo a diario a pesar de su retiro de toda función ejecutiva. Los recuerdos, fotografías, cuadros, distinciones y objetos diversos se han acumulado con el paso del tiempo, pero el mobiliario parece haberse mantenido intacto desde aquel lejano año de 1970. Durante la entrevista insiste varias veces en que la mayor de sus suertes ha sido contar con el mejor equipo, el que formó siempre, y ante todo, con sus hermanos. Y hace repaso de otros factores que permitieron engrandecer el legado de la marca que recibió: constancia, trabajo, intuición, ilusión, optimismo, grandes colaboradores y tratar no defraudar nunca.

Hay un aspecto del quehacer empresarial que pasa desapercibido, pero crucial en la vida de nuestro protagonista, enamorado del arte. Nos admiramos con la creatividad en las actividades plásticas, la arquitectura, la interpretación, la música. Pero pocas veces se aprecia de verdad el arte y la creatividad de la actividad científica, y menos aún en el campo de la actividad económica, quizá porque no son evidentes, no se comprenden o no son bellas en apariencia, como una lata de melocotón en almíbar. Lejos de esa visión, el lanzamiento de nuevos productos ha sido una tarea extraordinariamente creativa, artística y vivificante para Rafael. “El mundo de la empresa es un compendio de todos los otros mundos”, y eso incluye el mundo de las artes. Los estudios de mercado, el análisis de gustos y tendencias, los diseños de envases y formatos, los textos, los rediseños de líneas, las pruebas, las campañas de lanzamiento, todo rebosa creatividad… Y arte, porque a menudo hay belleza en todo ello condensada en un envase, aunque no lo podamos colgar de una pared.

De las fábricas locales de cuando en 1889 el bisabuelo abrió aquel obrador -aquellas fábricas de madera, fundiciones, textiles, de curtidos, sombreros, alcoholes, resinas, chocolates, jabones o pianos- no queda ninguna en pie, me atrevería a decir. Apenas se conserva la chimenea de alguna reconvertida en pieza de museo urbano, mientras nuevas industrias han ido ocupado el lugar de aquéllas. Qué obra de destrucción creativa, que diría Schumpeter. El trabajo de Rafael Pérez y de su familia es grande y sigue en pie desafiando como pocas, o quizá confirmando, la tesis del economista austro-americano.

“Lo mejor es tener siempre cosas pendientes por hacer. La rutina es un mal a combatir; si se instala es capaz de arruinar una vida”, afirma en otro lugar de su libro. Una de ellas es continuar con la labor de apoyo al arte y la promoción de artistas desde su Galería de Arte Rafael, en la que Charo, su mujer, ha sido siempre imprescindible.