sábado, 26 de mayo de 2018

Cambio climático: ¿destino incierto?

Daniel Sorichetti, Experto en Cambio Climático y Protocolo de Kyoto.

Todos tomamos decisiones basadas en informaciones inciertas una y otra vez. Decidimos qué estudiar, cuál será nuestra profesión, con quién nos casaremos y si vamos a tener hijos o no a partir de datos incompletos e inciertos. La situación de los gobiernos no es distinta. Pueden financiar el transporte, poner en práctica políticas sociales, declarar la guerra o firmar la paz, pero nunca saben con total certeza, cuáles serán los resultados.

Aunque existen numerosas incertidumbres respecto al cambio climático, sabemos mucho más sobre cómo responderá el planeta a un incremento sustancial de la concentración de dióxido de carbono atmosférico que sobre muchos de los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra vida privada o en la política. La actividad humana durante los dos últimos siglos ha puesto al planeta en un riesgo enorme. Si no actuamos pronto para cambiar nuestro modelo energético y para reducir nuestras emisiones de gases de efecto invernadero, las generaciones futuras presenciarán cambios profundos en los ecosistemas y en el clima. Algo que pondría en peligro no solo nuestra forma de vida, sino la supervivencia de miles de millones de personas en los países en desarrollo. Aunque los climatólogos y asesores deberían ser más cuidadosos y explícitos cuando se dirigen al público, no son las incertidumbres científicas lo que impide avanzar en cuestiones políticas.

Lo primero que deberíamos hacer es dejar de lado la idea de que todos los países han de ponerse de acuerdo antes de que cualquiera de ellos se tome en serio una reducción en las emisiones de carbono. De lo contrario, el retraso se contará en decenios. Debemos seguir buscando acuerdos internacionales, pero con énfasis en que son las naciones, a modo individual, las que deben adoptar medidas con prontitud.

El cambio climático muchas veces no está planteado como un problema a resolver porque la solución no parece estar al alcance de los deseos de inmediatez de esta sociedad o porque no tiene factibilidad económica. En verdad, el cambio climático tiene solución y es el reemplazo de la energía de origen fósil por energías renovables, pero esa solución para muchos no entra dentro de lo “posible”

en una sociedad capitalista que está dominada por el cartel del petróleo. Al no tener una solución posible, se considera dentro de lo no tratable y se desvía hacia el campo de lo dramático, de lo apocalíptico, casi del sinsentido. O de la negación.

Las organizaciones “estatales”, incorporando aquí a los gobiernos, supragobiernos, así como partidos, sindicatos y ministerios, evidentemente no pueden lidiar con la alteración del planeta no por la escala sino por la cualidad de los términos. El planeta no es la suma de los estados; no es estatalmente tratable y los problemas ambientales no se expresan con precisión limítrofe. No aparece –y quizá no existe- institución capaz de asumir la complejidad del problema.

¿Cómo se encaran los problemas que tecnológicamente tienen una solución y sin embargo no se resuelven?

Morín hablaba del reduccionismo tecnológico, entre los tantos problemas que atentan contra la conciencia ecológica. El reduccionismo tecnológico supone limitar la degradación del ecosistema sólo a cuestiones de niveles de contaminación.

La tecnología puede tapar un bache, pero no es eficaz para repensar un sistema que no funciona. La tecnología, sostiene Morín, fragmenta la visión global de un problema. Esto podría explicar, parcialmente, aclaremos, por qué problemas que tienen solución tecnológica no encuentran su solución en la práctica.

El conocimiento es condición necesaria pero no suficiente para resolver los problemas ambientales. Resulta absolutamente paradójico que, transcurrida una década y media de la más torrencial avalancha de novedades tecnológicas, todo esté peor.

Epistemológicamente, la medicina, por ejemplo, funciona por aproximaciones sucesivas del conocimiento: los avances científicos son indispensables para vencer enfermedades. En cambio, la tecnología moderna y eficaz no consigue impedir que un río se contamine aun cuando existan herramientas y recursos como para lograrlo. Todos y cada uno de los problemas ambientales modernos y tradicionales –desde el tráfico de fauna hasta la contaminación del aire, la polución visual o acústica y la liberación de residuos tóxicos tienen solución técnica; no tienen el cuello de botella del conocimiento.

Sin la intención de caer en un reduccionismo ideológico, pero para ilustrar la complejidad del dilema, vale la pena señalar que hay sólo un rubro de la sociedad, además del medio ambiente, en el cual los registros estadísticos siempre muestran valores peores y donde la so- lución de los problemas es brutalmente obvia, aunque aparentemente inasequible en el actual estado de cosas: la pobreza. Allí conceptualmente también hay preguntas razonables, humanas,

cuya formulación resulta ineficaz. Una pregunta retórica e inoperante que habitualmente se formula es: “¿Cómo es posible que en un país con tanto alimento haya gente que se muere de hambre?” No sólo es posible, sino que la pregunta -de tan mal formulada que está- jamás puede obtener respuesta.

Los problemas ambientales parecen ser, en suma, reflejo de los problemas derivados de la estructura económica de la sociedad. Tomás Maldonado advertía hace 30 años que sociedad y naturaleza pertenecen al mismo horizonte problemático y no se pueden llevar por separado dos contabilidades: “Si las cuentas con la sociedad no son exactas, tampoco lo son con la naturaleza”, sostenía.

Si no hay una política de Estado que proteja los recursos naturales, las “fuerzas del mercado” logran –como ya ocurrió-convertir al mayor quebrachal de América del Sur en lo que hoy es Santiago del Estero en Argentina: un desierto.

Es necesario acabar con la actitud mental de “o ellos, o nosotros”. Es cierto que el primer mundo se ha beneficiado de siglos de desarrollo gracias a las emisiones ilimitadas de gases de efecto invernadero. Pero, ¿ha estado usted en China, India o Brasil hace poco? Todos sus aviones, teléfonos móviles, automóviles y ordena- dores son también una consecuencia de aquellos años de desarrollo. Gracias a que pueden permitírselo, son los países del primer mundo quienes tienen la obligación de tomar la iniciativa en el control de sus emisiones. Pero los límites de la responsabilidad no están tan bien definidos como muchos creen. Millones de individuos de elevada posición social en los países emergentes generan emisiones tan graves como las de cualquiera.

Por último, es necesario que el público comprenda algunos aspectos funda- mentales. Gran parte de la población no entiende la diferencia entre clima y tiempo, y siguen siendo la mayoría quienes ignoran que la combustión de carbón, petróleo o gas natural constituye la principal causa del cambio climático. La educación no será sencilla, porque son muchos los poderes económicos que in- vierten miles de millones para proteger sus intereses a corto plazo y mantener al público desorientado. Además, el llamado Climagate se ha utilizado para aumentar la confusión.

Hicieron falta décadas para despejar las dudas sobre la relación entre tabaco y cáncer. Si no actuamos pronto para reducir de manera drástica las emisiones de carbono, dentro de unos cuantos decenios podremos vernos encarrilados hacia la catástrofe. No tenemos, desde luego, una certeza total. Pero el peligro es real y los pronósticos no son favorables.

Daniel Sorichetti, experto en Cambio Climático y Protocolo de Kyoto