lunes, 10 de diciembre de 2018

Neoindustrialización versus reindustrialización

  • Escrito por Adrián Díaz, Socio de SedeenChina y consultor oficial del Gobierno chino
En la imagen una moderna factoría (Pixabay) En la imagen una moderna factoría (Pixabay)

Más allá del debate sobre la conveniencia o no del nuevo escenario laboral robotizado y la discusión entre ludistas (el ludismo fue un movimiento encabezado por artesanos ingleses en el siglo XIX, que protestaron entre los años 1811 y 1816 contra las nuevas máquinas que destruían el empleo) y liberales, el mundo se enfrenta a un nuevo entorno de industrialización.

Los países desarrollados avanzan rápidamente en este proceso de robotización, con Corea del Sur, Singapur, Alemania, Japón, Suecia, Dinamarca y Estados Unidos en el Top 7. Los países productores como China, Brasil, México o Turquía ni siquiera se encuentran entre los veinte primeros.

Curiosamente, el nivel de desempleo en los países que encabezan la clasificación parece desmontar las teorías ludistas. Ninguno de los países desarrollados que más avanzados están en el proceso de robotización alcanzan el 7% de paro entre la población activa, por lo que, en estos momentos, el dilema sobre si los robots destruyen o no empleo se antoja desenfocado.

Deberíamos tener en cuenta que países como Singapur o Suiza tienen un nivel de producción industrial, de bienes de bajo valor agregado, prácticamente nulo. Esto significa que parte de esa robotización no estaría afectando a empleos internos sino externos. En otras palabras, países "caros" pasan a poder competir con países "baratos" en industrias en las que se encontraban fuera de mercado.

No estaríamos hablando de re-industrialización de países como España, Italia o Francia que perdieron industrias tras la crisis, sino de un nuevo modelo, llamémoslo neo-industrialización, que permite a países como Suiza pasar a tener un tejido productivo competitivo.

La robotización no solo no les afecta sino que les permite competir en sectores que ya daban por perdidos atrayendo inversiones a las que jamás tendrían/tuvieron acceso en el contexto de la primera década de siglo. Obviamente, nos dirigimos a un escenario donde la industrialización priorizará ventajas fiscales y seguridad jurídica por encima de costes salariales bajos.

Si hablamos de China, la falacia del falso dilema estaría en debatir si la robotización de la industria afecta a los empleos. Estaríamos suponiendo que la no robotización evitaría el problema, cuando en realidad la robotización de países como Corea o Singapur (grandes compradores de bienes chinos) les afectará de todas maneras ya que pasarían a producir bienes de forma más económica que una hipotética China no robotizada.

Ante este (falso) dilema, personalidades como Bill Gates están proponiendo gravar impositivamente a los robots.

En primer lugar, deberíamos dejar de imaginar a un robot como un ser humanoide con cara y ojos que ocupará la silla del trabajador textil y será fácilmente gravable. La realidad es que un solo robot podría substituir un número incontable de trabajadores. ¿A cuántos trabajadores substituye una excavadora? ¿Y una tuneladora? ¿Y qué pasa con los robots que no substituyen empleos porque directamente no existía ese oficio antes de que existiera el robot: por ejemplo, una sonda espacial? También cabría recordarle a Bill Gates que programas informáticos como Word o Excel, sustituyeron un gran número de empleados de oficina automatizando servicios. ¿Solo nos afectan los brazos mecánicos o también, y especialmente, la inteligencia artificial?

En cualquier caso, parece inevitable que algunos países empiecen a gravar el trabajo de los robots con la excusa de una protección de los puestos de trabajo locales o, ante la eventual pérdida de empleos, busquen un ingreso extraordinario para financiar subsidios a estos nuevos desempleados.

En este contexto, estos países estarán protegiendo su economía de la robotización interna pero estarán perjudicando su economía de la robotización externa reeditando el debate de finales del siglo XX donde, contra-intuitivamente, los países que otorgaban más derechos sociales a sus trabajadores perdían más rápidamente empleo empobreciéndose más rápidamente.

El gran punto de inflexión sobre este debate se producirá en China, el país más industrializado del mundo. Si decide colocar un impuesto a la robotización interna intentando evitar el desempleo masivo, logrará contener el primer envite del nuevo mundo robotizado, condenándose en el futuro cuando otros países competidores robotizados dejen de demandar productos chinos.

Sus competidores no serán ya países como el sureste asiático o una presunta Europa, Rusia o América re-industrializada.

Aquí entra en juego la neo-industrialización: cualquier país con un atractiva relación entre fiscalidad baja y seguridad jurídica aceptable presentará su candidatura como nuevo competidor.

En este hipotético momento de amenaza a la economía local, el siguiente paso natural es cerrarse a productos extranjeros e intentar sobrevivir de manera autárquica.

¡Qué miedo!