jueves, 17 de agosto de 2017

Las nuevas terroristas

  • Escrito por Pedro Rivas Nieto, profesor y vicedecano de Loyola Andalucía

De un tiempo a esta parte, parece haberse reavivado el interés por un asunto del que hace unos años se empezó a hablar. Es el de la relación que las mujeres tienen con el terrorismo. Si en la actualidad el terrorismo ha cambiado parte de sus fines, ha ampliado sus objetivos, se ha vuelto más letal y recluta a gentes de perfiles variopintos, podría sospecharse que las relaciones que mantiene con las mujeres han cambiado. Y así está siendo, porque la mujer ha dejado de ser principalmente víctima del terrorismo, para ser inductora, reclutadora o victimaria. Por eso en este texto se va a tratar de la mujer terrorista, de la que quiere tomar las armas para alterar violentamente la realidad.

Lo que solía ser y lo que empieza a ser

Solía decirse en los estudios especializados que las mujeres que militaban en grupos terroristas eran una excepción, que lo hacían más motivadas por sus parejas o por sus familiares –especialmente padres y hermanos- que por ellas mismas, y que adoptaban características masculinas. El caso de grupos revolucionarios, irredentistas o etnonacionalistas, como ETA o el IRA, parecía confirmarlo, y así parecía ser en los grupos de Europa Occidental durante el último tercio del siglo XX, o en algunos de Oriente Próximo. Sin embargo, este razonamiento lo ha marcado una mezcla desequilibrada de hechos y de suposiciones y, aun así, algunos comportamientos femeninos en el terrorismo han cambiado.

Las mujeres, todavía en pequeña proporción en comparación con los hombres, se han involucrado más en los grupos terroristas al participar directamente en atentados, e incluso se han vuelto terroristas suicidas en los últimos años, si bien no tanto por convicciones como por ser objeto de manipulaciones eficaces. Las mujeres suicidas dan ventaja al grupo criminal. Pero algo parecido ocurre con los hombres, que frecuentemente son suicidas no por convicción, sino por necesidad o por obligación. ¿Cuál parece ser, por tanto, la diferencia? La dimensión informativa y propagandística, que aumenta por el hecho de ser mujeres, aunque solo el 15% de las que participan en grupos terroristas estén dispuestas a ser suicidas, según los escasos cálculos disponibles.

Motivaciones para adherirse a grupos terroristas

Esto es un asunto relevante, pues sus motivaciones no son ya únicamente las que parecían serlo –básicamente personales, como integrarse en un grupo terrorista por amor, por vengar la muerte de un familiar, reivindicar la igualdad, subordinarse al hombre o recuperar el honor o la honra perdidas, aunque sigan vigentes-, sino que van más allá, y pueden ser la presión social, la desesperación, causas ideológicas, o mejorar la situación familiar -obteniendo recursos económicos con sus actos, o con cambios en el orden político y social- aunque las recompensas que se reciben por estos actos son menores si quien se quita la vida es una mujer.

También aparecen motivaciones grupales, como el hecho significativo de levantar menos sospechas que los varones y tener más facilidad de movimientos, escasez de hombres en un grupo o potentes efectos propagandísticos. El componente nacionalista –es decir, lo ideológico, con la variante de la construcción nacional- en mujeres de grupos kurdos, chechenos o palestinos es un factor potentísimo, que a veces se une a cuestiones personales como la reivindicación de la igualdad, que sigue viva.

Cobra importancia en el terrorismo suicida el hecho de que la forma de persuadir a algunas mujeres a involucrarse en él sea el maltrato físico y psicológico, e incluso la violación. Seducida una mujer para que –al haber mantenido relaciones sexuales- su honra se vea mermada, pierda el respeto público y familiar en sociedades rigoristas, y quede debilitada emocionalmente, se la induce a quitarse la vida y, a veces, se llega a violarla para facilitar el proceso.

El suicidio permite a la mujer recuperar el honor perdido y da ventaja táctica al grupo terrorista, lo nutre de combatientes eficaces y prescindibles a un muy reducido coste, aumenta el efecto propagandístico y la posibilidad de nuevos reclutamientos, ya sea en Palestina, en Siria e Irak, o en el África sometida a Boko Haram, o a Al Shabab. Además, el nivel de formación de las suicidas es bajo pues, el grueso de ellas, tiene solo educación básica –y quizá esto facilita el proceso anteriormente descrito- aunque suelen tener mejor formación que los hombres de su organización. Aun así, en el caso de grupos chechenos y palestinos, los niveles de formación de las mujeres suicidas son mayores que los de los varones, ya que un tercio de ellas tiene estudios universitarios y, como ocurre con los hombres, no abundan en ellas los desórdenes psicológicos porque no hay un perfil psicológico común del terrorista, sea cual sea su sexo.

Esto se une a que, como los varones, las mujeres suicidas son jóvenes que rondan los 20 años y, en el caso de pertenencia a grupos religiosos, no suelen ser especialmente devotas. La manipulación hábil por parte de los extremistas, o los hechos traumáticos que coadyuvan a su incorporación a un grupo, son más importantes que la fe.

¿Y en el Daesh?

El caso del Daesh es interesante porque da pistas sobre este proceso, a la vez que desconcierta ligeramente. El 13,7% del total de combatientes desplazados a Irak y Siria eran mujeres. Y parecía, según se contaba en los medios de comunicación de Occidente, que en el Daesh, a pesar de su rigorismo extremo, aparecían de nuevo cuestiones como la incorporación de una mujer al grupo para buscar el amor, o que se superaban los clichés de género al igualar a hombres y mujeres en el combate, pero no puede afirmarse que sea del todo cierto. Este relato se debe más bien a la eficaz campaña de captación y reclutamiento desarrollada para que se desplacen al territorio ocupado por el Daesh, pues en el califato que se quiere construir las mujeres tienen una función concreta, tal y como deja claro el manifiesto que explica cuál es el papel de las mujeres para el yihad.

La Brigada Al-Khansaa, unidad compuesta solo por mujeres, publicó en 2015 un texto -Women of the Islamic State, en su traducción al inglés- en el que se habla del papel sedentario de la mujer en el yihad. A quienes se unan a él se les promete, al menos, cuatro cosas: emancipación, liberación, participación y devoción. Ellas podrán tomar las riendas de su propia vida al unirse al Daesh, del mismo modo que lo hacen los hombres; las injusticias que padecen en Occidente acabarán en ese momento; harán crecer al califato gestando, criando y educando a las nuevas generaciones de combatientes; y tendrán una devota existencia islámica. La incertidumbre se torna certidumbre, tal y como han afirmado algunas viajeras occidentales cuyo destino era Siria para contribuir a la construcción del califato, en donde el viaje libera el alma de la muhājira y al desorden anterior, según el Daesh, se le da rumbo y sentido.

Hoyle, Bradford y Frenett insistían en que las mujeres que se adherían al Daesh apoyaban la violencia de la misma forma que los varones. No parece haber cambiado la tendencia. Algunas mujeres terroristas apoyan la violación sistemática de jóvenes yazidíes y cristianas, amparada por la aparición en diciembre de 2014 del documento titulado Preguntas y respuestas sobre la tenencia de prisioneros y esclavos. Esas mujeres se extrañaban de que algunos varones negaran esos hechos, como si fuera una vileza el hacerlo.

A modo de conclusión

En realidad, lo que estas pinceladas apuntan es que actualmente la mujer como terrorista no es un fenómeno excepcional –aunque sigue siendo menor que los hombres-; no se adhiere mayoritariamente a una causa o a un grupo para seguir a padres, hermanos o parejas; ha aumentado su participación en la comisión directa de atentados; forma parte de las acciones suicidas tanto por motivaciones personales como grupales, entre las cuales las ideológicas cobran peso; a veces se la induce con presiones y maltratos al suicidio, útil para las organizaciones, porque está poco dispuesta a él –como los varones-; y en otras accede de buen gusto a esta tarea, como lo hace a aceptar la nueva senda y su papel en la construcción del nuevo orden, ya sea como esposa, madre o como potencial combatiente. Aunque en el caso singular del Daesh, que intenta reclutar mujeres para el califato que aspira a construir, se le ofrece un papel importante, pero alejado de la primera línea, salvo excepciones. La eficacia de la mujer como terrorista es semejante a la de los hombres y semejante es su crueldad.