sábado, 18 de agosto de 2018

Por una ciudadanía bien formada pero también informada

Tribuna de opinión de María Martínez García, directora de Medios de Mercados21

La minería, la agricultura, los partidos políticos, los sindicatos, la iglesia... Muy pocas esferas pueden presumir de no haber medrado al calor de las subvenciones en una España -una Europa también- que ha consagrado este tipo de mendicidad. Y que puede aducir, como excusa, razones históricas a una realidad tan alejada de esa estadounidense que bastantes reclaman ahora como solución. ¿Lo sería un aparato estatal mucho menos presente? Desde luego, es posible considerarlo.

Está claro que el Estado debe garantizar unos mínimos. Y no me refiero a educación o sanidad, sin ir más lejos, donde debe ofrecer máximos. Sino a otros ámbitos como la cultura y la información. Consagrar el acceso de la población a niveles educativos de calidad que la permitan avanzar es obligatorio, algo que no significa lograr que la ciudadanía sea culta. La cultura es voluntaria, aunque suele ser la educación la que conduce a ella. Pero hoy en día, con contenidos puramente pragmáticos escasos o carentes de filosofía, historia o, incluso, mitología... ¿cómo se va a entender un museo? Máxime cuando, al margen de que la etapa escolar obligatoria requiera un cierto enfoque humanista cada vez más inexistente, es una realidad que internet ha cambiado las neuronas de los jóvenes como plataforma que permite acceder de manera no solo extraordinariamente sencilla, sino además gratuita, a todo tipo de contenidos.

En este contexto, sería gravísimo que el Estado abandonara los grandes museos, el Teatro Real... Porque es necesario que proporcione cultura -unos mínimos, al menos- a las personas que la necesitan. Y eso pese a una tradición literaria que se ha venido abajo y con unos ahora llamados contenedores culturales que tienen éxito en la medida en que su modelo se asemeja más al del espectáculo, es decir, cuando fenómenos como un descubrimiento repentino de un cuadro de un gran maestro o una exposición de un artista célebre y mediático concitan el interés del público.

Sí, a esos caprichos parece condenada, por ejemplo, la viabilidad de los museos, cuando no al interés que generen en los medios de masas, a pesar de que la mayoría, en plena revisión de su planteamiento en las peores circunstancias posibles, apuesta por lo que ya se conoce como inforteinment, una mezcla de entretenimiento e información en unas secciones que incluyen, bajo el epígrafe de cultura, vida u ocio, temáticas demasiado laxas.

A esa banalización y pérdida de profundidad ha contribuido la red, que mata un elemento básico en el oficio de periodista y en particular en el día a día de quien se dedica a la prensa escrita, algo imprescindible antes de comunicar: la reflexión. En cambio, la sobreabundancia de la fast food comunicativa lo único que logra es que aquel que quiere informarse con calidad -no olvidemos que es un instinto humano- deba realizar una búsqueda cada vez más detenida de las noticias que merecen la pena. Porque la gravísima situación económica que vivimos se ha agravado, en muchos sectores, por las concesiones, las obligaciones y los cambios brutales que suponen las nuevas tecnologías.

Y ello a pesar de que la crisis, que parece estar comenzando a hacer surgir diferencias entre culturas -muchas veces de forma artificial y como excusa para tapar incompetencias cuando los parlamentos nacionales y, por ende, los estados, tienen cada vez menos que decir en cómo funciona el mundo-, no tiene causas de ese cariz, sino ideológicas, económicas y financieras. Y la asimilación de que bienestar es igual a dinero. Error. Un bienestar además identificado con disponer de una televisión último modelo o de un ordenador pagados a plazos.

Por eso, una ciudadanía bien informada -algo que tiene que proceder de un periodismo sólido- no tiene precio, sobre todo cuando es la que ha de propiciar el cambio. Cuanto antes. Es más que palpable que no va a venir desde las élites políticas que detentan el poder para llevarlo a cabo pero que, como demuestran a diario, no tienen la más mínima intención de ponerse manos a la obra.