viernes, 21 de septiembre de 2018

Conservar y dar visibilidad al patrimonio, tarea obligada

Un equipo investigador realiza el inventario de bienes textiles de gran valor pertenecientes a un convento vitoriano.

M. Martínez García    I    Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.    I    Sigue al autor en @m_pinciana   I    27/05/2013

Lo que más captó la atención de Montserrat Bargalló cuando tomó contacto con el rico ‘ajuar’ de telas, vestidos y ropajes del convento de dominicas de Santa Cruz de Vitoria fueron las “maravillosas” estructuras, desde el punto de vista del material y su construcción, con las que se encontró. Una apreciación, reconoce, muy acorde con su visión técnica, ya que es Técnico Textil, especialista en tejidos antiguos. “El patrimonio puede tener múltiples valores. En primer lugar, se piensa siempre en lo monetario, pero la perspectiva por ejemplo de una comunidad de religiosas como ésta es diferente”, señala.

Uno de los vestidos que atesoran los muros de santa Cruz, en el casco histórico de la capital alavesa.

La orden de dominicas que residen en el convento de Santa Cruz, en pleno casco histórico de la capital alavesa, data del siglo XIII y lleva desde el XVI en su ubicación actual, el hecho que quizás le confiera su mayor singularidad. El inmueble forma parte del conjunto monumental de la ciudad y su iglesia está declarada Bien Cultural Calificado, una protección que bien podría haberse extendido al resto del edificio si se hubiera estudiado, manifiesta la doctora en Historia del Arte y profesora de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), Paquita Vives. Su benefactor fue un miembro destacado de la Corte del emperador Carlos V e integrante del Consejo de Castilla, el licenciado Ortuño Ibáñez de Aguirre, junto a su esposa María de Esquivel y Arratia. En aquel entonces el número de monjas no superaba las 24 y hasta varias centurias después hubo lista de espera para entrar, al igual que sucedía en otros cenobios femeninos.

Tras sus muros se encontraba, sin catalogar, un tesoro en forma de vestimentas e indumentaria litúrgica, unas 800 piezas en especial de los siglos XVIII y XIX, aunque también del XVII. Un patrimonio que, como apuntan las investigadoras encargadas de su inventario, procedería en su gran mayoría de las dotes de las jóvenes que accedían a la comunidad y, en menor medida, de regalos de reinas y nobles que lo visitaron y de religiosos de la época tras algún viaje a Oriente. Un ingente ‘descubrimiento’ que era preciso catalogar. “Era necesario saber qué hay y dónde se encuentra”, comenta Paquita Vives, quien, experta en el patrimonio artístico de Vitoria, tenía vinculación previa con el convento y en 2007 comenzó a conocer e interesarse por esas joyas en forma de paños. Desde entonces, es la directora del proyecto.

Con el beneplácito de las hermanas contactó al poco tiempo con Montserrat y su hermana, Isabel Bargalló, arquitecto y doctora en Arte, gracias a una amiga común, Beni, y se pusieron manos a la obra. “La colaboración y la confianza de la comunidad hacia el equipo técnico ha sido fundamental y no es nada fácil. Sin ellas no hubiéramos podido hacer nada”, recalca Vives. “Las monjas son las primeras que se han convencido de que tienen una riqueza digna de conservarse y, tras una primera propuesta nuestra, un anteproyecto realizado en 2008, nos dieron su consentimiento para llevarlo a cabo”.

Ante la imposibilidad de financiar el trabajo por parte de las religiosas, los investigadores del equipo decidieron dedicar su tiempo libre –a menudo, fines de semana– a culminarlo. “En momentos de crisis la Cultura es la última en la lista de prioridades”, lamenta la profesora Vives, aunque la Universidad del País Vasco ha aportado una pequeña suma de dinero para sufragar material técnico y la obra social de la Caja de Navarra una cantidad testimonial.

La arqueóloga Ana Navarro y la estudiante del Grado de Restauración y Conservación de Bienes Culturales de la UPV, Loli Sacristán, también se han sumado al equipo, sin olvidar a Antonio, el carpintero. Su objetivo ha sido, en estos últimos años, inventariar y almacenar las piezas como si se tratara de las reservas de un museo. Lo han realizado en varias campañas y han concluido el registro de cerca del 75% de los fondos. Además, pronto convinieron en la pertinencia de contar con un espacio físico fijo y permanente para los textiles que no están en uso, con contenedores apropiados para salvaguardarlos y garantizar así su buena conservación. Una labor, esta última, en la que han tenido mucho que ver Isabel Bargalló y Antonio, quien, de forma voluntaria, como los investigadores, ha dado forma a los muebles precisos con material reciclado. Hoy, gracias a su ayuda, las hermanas cuentan con varias reservas donde se mantiene el material con iluminación y temperatura controladas.

Ropajes entre periódicos

Fue en 2002, recuerda una religiosa, cuando, debido a la remodelación de la enfermería del convento y de las habitaciones superiores, accedieron a las prendas que contenía una de ellas, cuyo valor conocían y que estaban colocadas entre periódicos en un lugar con poca luz. Se trasladaron entonces a la sala de costura, excepto los ornamentos eclesiásticos, que se encontraban en la sacristía, y comenzaron a comentárselo a expertos y administraciones públicas hasta que finalmente recibieron la atención de Paquita Vives. Aunque no fue posible entonces realizar estudios ni restauraciones, la comunidad no tardó en seguir el consejo de envolver las prendas con un papel especial antes de colocarlas en las estancias ya remozadas.

Algunas componentes del grupo de investigadores en el convento de Santa Cruz. De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Loli Sacristán, Isabel Bargalló, Ana Navarro, Paquita Vives y Montse Bargalló.

“Conocer lo que se tiene y catalogarlo, ya sea a través de un inventario o de una publicación, es muy importante porque, si no, todo ese patrimonio estaría en la oscuridad”, recalca Vives. “Y es básico también a la hora de prestar alguna pieza para conocer exactamente qué se cede, con los documentos y seguros preceptivos”, añade Isabel Bargalló. “Es fundamental tener constancia del origen de una obra y a quien pertenece para evitar discusiones entre instituciones que a menudo se han disputado la propiedad”.

El valor de los textiles de Santa Cruz tiene que ver con diversas circunstancias que van desde el tejido a la confección, pasando por la antigüedad, las fuentes y referentes existentes, la exclusividad y por supuesto la buena conservación. “Al inventariar hemos ido intuyendo que determinadas vestimentas se han reutilizado para vestir imágenes de vírgenes y de santos y a partir de ahí se va a poder reconstruir el original y sus funciones primigenia y posterior”, expone Paquita Vives. Porque la práctica de vestir imágenes, en particular en conventos femeninos, era común, ya que las dotes que ofrecían aquellas que querían entrar no consistían solamente en una cantidad monetaria, sino también en bienes materiales, que en ocasiones eran joyas y ricas telas que se empleaban “para hacer casullas, frontales de altar o vestidos a imágenes”, subraya Vives. Se trata de una tradición documentada y muy habitual, lo excepcional es que exista un catálogo de ese patrimonio.

¿Cuál es ahora el objetivo del equipo investigador? Acabar poco a poco el inventario y publicar un catálogo con una selección de las piezas de mayor valor artístico acompañado de estudios, además de realizar una exposición, algo para lo que esperan contar con financiación. Sería el premio a una dedicación altruista y apasionante de la que valoran el aprendizaje obtenido. “Habría que divulgarlo. Estos tesoros tienen que compartirse para darles así un nuevo uso. La no accesibilidad a ellos no tendría sentido”, asevera Montserrat Bargalló.

Su aspiración es abrir un museo, algo que la comunidad defiende, pero que complica el desembolso económico que supone. “Poder dar aquello que tienes es fundamental”, señalan las dominicas. “Un patrimonio estancado en una zona de clausura que no se puede ver no tiene sentido. Hay que darlo a conocer con publicaciones, muestras… Es nuestro, pero pertenece a la ciudad”, explican las religiosas. Sin olvidar que, otro de los motivos de su conservación está en aquellos que se molestaron en crearlo con gran dedicación. “No valorar este legado o no ponerlo a buen recaudo de forma adecuada no es de recibo. Alguien tiene que conseguir que permanezca para conocer la Historia”.