martes, 22 de mayo de 2018

Que la vida sea arte

Su breve periplo en París durante mayo del 68 y sus andanzas posteriores por el Sur de Francia en los meses siguientes bastarían para componer una gran historia y esbozar los trazos de la personalidad de Juan Antonio Fernández, fundador y propiertario de Bodegas Liberalia.  Pero París fue sólo una fase más –aunque breve e importante– de una vida plena en experiencias, avatares y giros. Ingeniero agrónomo, funcionario de carrera, pintor, músico y poeta aficionado y, por supuesto, viticultor, su pasión por las cepas y el vino es el lugar natural en que confluyen la tradición familiar, las experiencias vitales, la profesión y el amor al arte.

Mariano García-Abril    I    Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.    I     Síguenos en @Mercados21   I    17/06/2013

Su familia era de El Pego, muy cerca de Fuentesaúco, en la comarca zamorana de La Guareña, donde su abuelo –agricultor, ganadero y dueño de un taller– tenía cepas y elaboraba vino que intercambiaba a granel en ese viejo mundo rural en el que el trueque era moneda de cambio habitual. Aquellas tierras se vendieron hace mucho tiempo, por lo que en las cubas de Liberalia nunca ha envejecido el mosto de aquellos viñedos. Vendimió muchas veces de niño, pero el primer contacto de verdad con el vino lo tuvo de la mano de su abuela, quien lo llevaba a la bodega con 10 y 12 años para catar a escondidas lo que allí guardaba y criaba el abuelo.

• No concibe la vida sin arte, e intenta que todas las manifestaciones en su vida sean o tengan un eco artístico, imprimiendo su pasión en todo lo que hace, hasta en los motivos de las etiquetas de sus vinos.

Juan Antonio creció en Benavente y estudió Agrónomos –especialidad en Industrias Agrícolas– en la Escuela Técnica Superior de Madrid. Refundó la tuna de la Escuela y en ella tocó de oído la guitarra y la bandurria. En una de las muchas rondas conoció a una chica francesa. Cayó rendido y la siguió hasta Francia, junto con dos amigos, con el pretexto de aprender francés. No fue a hacer la revolución, pero le cogió allí por sorpresa en el París convulso de aquellos meses. Confiaba en que el padre de la chica les diese empleo temporal en su hotel. Pero verlos entrar y echarlos casi a patadas fue todo uno, al tiempo que mandó de inmediato a su hija a estudiar a Italia.

Sin oficio ni beneficio, malvivieron por las comunas parisinas mientras buscaban trabajo. Pasaron hambre. Nos cuenta con su cálido vozarrón que pidieron empleo en un psiquiátrico: no lo obtuvieron, pero casi les internan. Tocó en el metro, vendimió en Montpellier y descargó camiones con sus dos amigos. Regresaron en auto-stop a España en septiembre de 1968, a tiempo para reincorporarse al nuevo curso en la Escuela de Agrónomos. A su madre le resumió la aventura explicándole que había aprovechado muy bien el tiempo en un laboratorio.

Pocos años después, camino de Amsterdam, hizo escala en París. Quiso saber qué había sido de aquella francesita, así que se acercó hasta el hotel en que comenzaron sus tribulaciones parisinas. Se reencontró con ella y terminaron casándose. Fue su mujer precisamente quien le dio la idea de poner número a los vinos, al modo en que Chanel numera sus perfumes. Y fue su suegro a la postre quien le había echado del hall de aquel hotel del centro de París.

Terminó la carrera en 1970 y se trasladó a Valladolid a trabajar para Fidel Benavides en un puesto comercial. Años después ganó una oposición al INIA (Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias), cuyas competencias fueron transferidas posteriormente a las comunidades autónomas. Ya como funcionario de la Junta de Castilla y León desempeñó distintas responsabilidades en Industrias Agrarias y otros departamentos de la Administración. Montó con su mujer una escuela de idiomas y también ejerció por libre la profesión de ingeniero agrónomo.

En un mediodía plomizo y ventoso Juan Antonio nos recibe en la bodega con ese aire tan suyo de hombre bohemio, sombrero de ala, pañuelo al cuello, amplio bigote canoso –que se atusa constantemente– y melena corta y blanca de viejo profesor excéntrico. Aislados del desapacible día, departimos durante varias horas degustando sus fabulosos Número Cuatro y Número Cinco –así como el embutido casero que hace su familia– en la sala de catas de la bodega subterránea, en la que recibe a clientes y turistas y donde se reúne con amigos y artistas para recitar poesía –pues “con dos copas de vino se declama mucho mejor” – o hablar de lo divino y lo humano, plenamente consecuente con Liberalia, la fiesta en honor al dios Liber que da nombre a su bodega: llegó a ser en Roma un paréntesis de libertad para expresar cuanto se pensase.

La sala de catas está llena de autógrafos y fotos con grandes sopranos, tenores y directores de orquesta; cuadros con su firma cuelgan en una de las paredes junto a una fotografía en sepia de Sarasate y otra de su abuelo; la cristalera desde la que se contempla en picado la bodega está repleta de retratos en negativo de grandes poetas en español del siglo XX y compositores. En ese personal santuario de recuerdos y guiños al arte, nos atiende amablemente a pesar de la hora, tras despedirse de un grupo de importadores franceses. Fuera de la sala, en la penumbra de la bodega, es Bach quien suena ese día, turnándose diariamente con otros grandes maestros para arrullar al vino en crianza por orden de Juan Antonio.

Ha sido pues el arte el otro de los senderos que han conducido a nuestro protagonista hasta la viticultura, un arte en sí mismo, ya que “el enólogo modela con inspiración una materia prima hasta obtener algo sublime que deleita los sentidos”. Siendo hijo de maestra, recibió de su madre una educación especial y esmerada. No concibe la vida sin arte e intenta que todas las manifestaciones en la suya sean o tengan un eco artístico, imprimiendo su pasión en todo lo que hace, hasta en los motivos de las etiquetas de sus vinos.

Juan Antonio con su hija, Beatriz Fernández, que desde hace un tiempo trabaja en la bodega, y ha sacado la línea de colonias y cosméticos Allegro a partir del extracto de uva.

Pinta desde joven –aprendió de su maestro Félix Llanos– y ha expuesto muchas veces, pues le gusta “someterse al juicio del público” y ganar dinero vendiendo sus cuadros. Ha escrito poesía durante años y, siendo ya adulto, estudió solfeo y aprendió a tocar el violín después de que un amigo italiano le regalase uno. Es mitómano, venera a Verdi y admira a su paisano y amigo López Cobos.

En los primeros años de la década de los 90 se inició como bodeguero con varios amigos. Sin embargo, su carácter individualista, su peculiar forma de enfocar el negocio y el tipo de decisiones controvertidas que un socio no entendería, lo llevaron a intentarlo por su cuenta.

De izquierda a derecha: la enóloga de la bodega, su hija Beatriz (en el centro) y otra empleada de la bodega.

En 1996 comenzó a adquirir hectáreas de tierra y viñedos en Toro con su mujer, algunos de ellos centenarios. En 2000, Liberalia Enológica sacó su primera cosecha, compuesta de unas 20.000 botellas. En la cata anual de vinos de julio de 2005 de Robert Parker, Liberalia Cinco Reserva 2001 obtuvo 96 puntos, la más alta puntuación de un vino de Toro hasta ese momento. En la actualidad produce 300.000 botellas anuales de promedio, un 80% de las cuales se bebe en el extranjero. Diletante en tantas artes, incluida la viticultura, y dado a experimentar, ha puesto en el mercado un vino de coupage hispano-luso con tinta de Toro y variedades portuguesas llamado Duradero. Cría también vino blanco –Enebral–, vino dulce –Liberalia Uno– y espumoso –Ariane–, éste último con una clara alusión al mundo del cine en su etiquetado.

Cuando hay una fuerte pasión, la vida es preparación en pos de una gran empresa; después, todo son notas a pie de página. La gran obra de Juan Antonio, Liberalia, llegó en plena madurez, tras andar un largo trecho. Su vida ha sido como un recorrido de preparación y progresiva confluencia de caminos.