lunes, 21 de mayo de 2018

Emeterio Fernández: “La vida es proyectar y crear”

Inspiradores: Emeterio Fernández Marcos, psiquíatra y empresario
El protagonista de nuestra cuarta semblanza, Emeterio Fernández, ha dedicado la mayor parte de su vida a paliar y curar los trastornos del espíritu. Ha ejercido la psiquiatría durante más de 50 años, tratando durante ese tiempo no menos de 120.000 pacientes. Pero hay en él una segunda dimensión profesional, la de productor vitivinícola y empresario.

Mariano García-Abril   I   Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.   I   03/10/2012

Emeterio Fernández en su finca 'La Legua'. FOTO: M. Martínez

El psiquiatra Emeterio Fernández, a quien una serie de circunstancias condujo a convertirse en empresario, se considera un advenedizo entre el sector, un amateur que ha ido aprendiendo poco a poco y que comenzó sin formación expresa, lo que nunca supuso para él un obstáculo insalvable, ni piensa que deba serlo para nadie. A fin de cuentas, el Arca de Noé fue construida por aficionados; el Titanic, por los mejores expertos. Largos años de clínica y estudio de los mecanismos del funcionamiento de la mente y sus motivaciones le reafirman en el potencial y la plasticidad del cerebro humano en la edad adulta, en contra de lo que nuestra sociedad tiende a creer. Personalmente, no le sorprendería que, sin ir más lejos, un mecánico acabase encontrando su vocación poética. De hecho, sobre el salto de una profesión a otra, tiene cosas que decirnos.

Nació en 1923 en Villanueva de las Manzanas, un pequeño municipio cercano a León, en mitad de “una tierra dura que imprime carácter y forja hombres recios”. Comenzó los estudios de medicina sin auténtica vocación ni antecedentes en la familia. Le gustaba la medicina, sí, pero bien pudo haber elegido cualquier otra cosa, como derecho en Deusto, donde había sido admitido; cree que a esa edad uno no sabe lo que quiere y son pocos los que poseen una fuerte vocación.

Desde el primer curso de medicina le atrajeron la complejidad y las disfunciones del cerebro y adquirió muy pronto un vasto conocimiento anatómico y funcional del sistema nervioso. Tras terminar la carrera estudió y trabajó en Colonia con una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, especializándose en ciencias neurológicas. La especialización continuó en España, completando su formación como neurocirujano, neurólogo y psiquiatra con estancias en clínicas suizas. Fueron años de constante trabajo, “una época en la que nadie hacía recuento de las horas que trabajaba y donde el concepto de las ocho horas laborales no existía”.

El larguísimo capítulo de su vida como psiquiatra llega a su fin en 2009, cuando decide cerrar su consulta privada. Son retazos de su vida que nos relata durante una apacible y clara mañana de finales de julio, sentados bajo un frondoso ciruelo a la entrada de la casa de la finca La Legua, que da nombre a su vez a la bodega vitivinícola por él fundada. Las primeras informaciones acerca de La Legua se remontan a los tiempos de Felipe II: la hacienda se llama así desde muy antiguo por encontrarse a una legua, o una hora de camino, de Valladolid.

Es una constante en los trabajadores apasionados e incansables disfrutar el escaso tiempo disponible en compañía de sus seres queridos. Emeterio no es excepción y, junto a su esposa, mujer de una incontestable elegancia, ha cultivado siempre la vida en familia. Padres de seis hijos, tuvieron que afrontar la terrible pérdida de dos ya en edad adulta. Fue precisamente la sordera de uno de ellos y su deseo de dedicarse a la agricultura, pues era una buena salida para él, lo que impulsó a Emeterio y a su mujer a comprar el predio.

La ilusión no fue nunca hacer un gran negocio, sino crear, producir, elaborar el mejor producto que aquella tierra pudiese dar. Los viñedos allí plantados eran escasos y de mala calidad, así que, con vistas a replantar de acuerdo a parámetros modernos, se limpió y desparasitó el suelo produciendo cereal durante varios años. Tras plantar nuevas viñas de tempranillo –que ahora tienen más de 20 años– esperaron dos lustros para que envejeciesen y, dado que la antiquísima bodega de la finca no reunía las condiciones adecuadas, levantaron una nueva en 1999 adaptada a la capacidad y al plan de producción previstos.

El protagonista junto a su mujer y un grupo de importadores alemanes y holandeses en una feria de Alemania.

A finales de los 90 todo estuvo listo para desembarcar, pero no en el mercado local y nacional, sino directamente en el extranjero, de ahí que La Legua sea una desconocida en España. Tuvo claro desde el principio que su cliente está en todas partes, que hay que llegar a él allí donde se encuentre y que hay que competir con las reglas limpias del libre mercado. Indudablemente su educación, las largas estancias en el extranjero, el conocimiento de otras culturas y su capacidad para desenvolverse en otros idiomas despejaron para él un camino lleno de prejuicios y temores para tantos.

Vende en Europa (Alemania, Suiza, Reino Unido, Bélgica…) y Norteamérica principalmente. Considera, a pesar de un menor consumo y la escasez autóctona de vinos, que el consumidor de vino europeo –muchos arquearán la ceja– tiene un gusto mejor educado que el español y que aquilata mejor la relación calidad-precio. Quizá haya un sesgo estadístico en su percepción, pues hablamos de un grupo proporcionalmente más reducido, y por tanto más selecto, que el español. Ahora bien, la aparente paradoja podría explicarse por el fuerte dominio que ejercen los fantásticos vinos españoles y las denominaciones a nivel local, que dificultan el acceso del consumidor español a vinos de otras partes del mundo y a la consiguiente educación del gusto a partir de la variedad.

Es un hombre hondamente interesado en la naturaleza y la conducta humana. Tras todo lo contemplado en su consulta –o precisamente por eso–, mantiene una enorme confianza en las personas corrientes con sentido de la responsabilidad y dispuestas a ser dueñas de su destino. Critica de nuestra sociedad la preferencia enquistada por una vida profesional rutinaria, la conformidad y la renuncia a cambios vitales en lo profesional y la suspicacia hacia que alguien se dedique a profesiones distintas a lo largo de su vida, una visión gremialista en la que la primera elección de profesión parece sellar el destino. Una sociedad, a fin de cuentas, que penaliza el fracaso emprendedor y no reconoce la capacidad de lucha y de renovación.

Con rotundidad afirma que, salvo unas pocas actividades que requieren aptitudes especiales o vastos conocimientos, casi todas las profesiones y ocupaciones se aprenden en un tiempo relativamente corto si uno se lo propone y están al alcance de las personas de inteligencia media, con una formación imprescindible y sentido común, sin el cual el fracaso está asegurado. Estos son los cimientos. El resto de un proyecto vital se construye con actitudes e inteligencia emocional frente a la vida, las personas y los negocios. El entusiasmo y la ilusión lo movilizan todo. La actividad empresarial no es una excepción.

El problema es que el ser humano es propenso al estado de máxima comodidad –sinónimo de egoísmo para Emeterio– y procura evitar el esfuerzo. Pero las oportunidades son inmensas, incluso en los sectores más explotados... ¡Que se lo digan a él! A todos quienes desean emprender y ser dueños de sus vidas, les recomienda leer, hablar, intercambiar y escuchar. Es necesario mantener un estado constante de alerta –o de estrés– para captar realidades, imaginar y proyectar cosas nuevas y mejores, hasta dar con aquello que sea la causa que a uno le encienda, el proyecto motivador cuya construcción se convierta en eje vertebrador de nuestra existencia. La motivación auténtica, la más importante, no es casi nunca económica. El resto es ir cumpliendo metas que generen la satisfacción suficiente para continuar, así como constancia y afán de superación a pesar de los malos días, pues la vida no es una línea recta, ni hay garantía de nada. La vida está hecha de unos pocos triunfos y muchos fracasos, pero es así.

Probando junto a Conchita el mosto del primer remolque de uva que entró en la bodega.

La Legua es un negocio familiar pero profesionalizado desde sus inicios. Él se considera simplemente un coordinador, el tronco de un árbol. Para Emeterio es un principio esencial que las personas de su equipo sean y se sientan libres, pues la sensación de libertad desemboca en creatividad y voluntad de hacer. Cada uno allí es jefe de sí mismo, responsable de su trabajo e impulsor de sus propias iniciativas… Como en la fábula de Charles Péguy, en la que aquel cantero no picaba piedra ni se ganaba el pan, sino que construía una catedral.

“Los sistemas de organización empresarial están anticuados y basados en premisas del siglo XIX”. En casi todas las demás esferas de la vida el progreso ha sido radical. Sin embargo, en el mundo de la gestión de personas “se siguen empleando palomas mensajeras, como si aún se transportase el pescado fresco desde Galicia en carretas… Todo ha cambiado menos las relaciones entre capital y trabajo. El desgaste de los conflictos entre dirección y empleados genera una pérdida inasumible de energía que no se emplea en lo más importante: ser competitivos y crear riqueza”, afirma.

Su objetivo no es ganar mucho dinero ni crecer, sino preservar su negocio en el tiempo, consolidarlo y seguir creando. Las directrices que marcan el rumbo de La Legua en estos momentos son sencillas: perfeccionar el producto y producir con menor coste.

A buen seguro, Emeterio suscribiría las palabras de Tolstoi en una carta privada: “Uno puede vivir espléndidamente en este mundo si sabe cómo amar y cómo trabajar”.